jueves, 13 de marzo de 2014

¿ES JESUS DIOS?

"¿Es Jesús Dios? ¿Alguna vez Jesús afirmó ser Dios?"

En la Biblia, no hay un registro de Jesús diciendo las palabras precisas, “Yo soy Dios.” Sin embargo, eso no significa que El no proclamó ser Dios. Tome por ejemplo, las palabras de Jesús en Juan 10:30, “Yo y el Padre uno somos”. A simple vista, esto no parecería ser una afirmación de ser Dios. Sin embargo, escuche la reacción de los judíos a Su declaración, “Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios” (Juan 10:33). Los judíos entendieron la declaración de Jesús al afirmar ser Dios. En los versículos siguientes, Jesús nunca los corrige diciéndoles, “Yo no afirmé ser Dios”. Eso indica que Jesús realmente estaba diciendo que era Dios al declarar, “Yo y el Padre uno somos” (Juan 10:30).Juan 8:58es otro ejemplo. Jesús les dijo “De cierto, de cierto os digo: antes que Abraham fuese, yo soy”. Nuevamente, en respuesta, los judíos tomaron piedras para arrojárselas (Juan 8:59). ¿Por qué los judíos querrían apedrear a Jesús, si El no hubiera dicho algo que ellos creían era una blasfemia, concretamente, una afirmación de ser Dios?

Juan 1:1dice que “El Verbo era Dios”.Juan 1:14dice que “Aquel Verbo fue hecho carne”. Esto indica claramente que Jesús es Dios en la carne.Hechos 20:28nos dice, “… para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre”. ¿Quién compró la iglesia con Su propia sangre? Jesucristo.Hechos 20:28declara que Dios compró la iglesia con Su propia sangre. ¡Por tanto, Jesús es Dios!


Con respecto a Jesús, Tomás el discípulo declaró, “Señor mío, y Dios mío” (Juan 20:28). Jesús no lo corrigió.Tito 2:13nos anima a esperar la venida de nuestro Dios y Salvador – Jesucristo (vea también2ª Pedro 1:1). EnHebreos 1:8, el Padre declara de Jesús, “Mas del Hijo dice: Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo; cetro de equidad es el cetro de tu reino.”



En Apocalipsis, un ángel ordenó al Apóstol Juan adorar solamente a Dios (Apocalipsis 19:10). En algunas ocasiones en la Escritura, Jesús recibe adoración (Mateo 2:11;14:33;28:9,17;Lucas 24:52;Juan 9:38). El nunca reprendió a la gente por adorarle. Si Jesús no fuera Dios, El hubiera dicho a la gente que no le adoraran, justamente como lo hizo el ángel en Apocalipsis. Hay muchos otros versículos y pasajes de la Escritura que alegan la deidad de Jesús.



La razón más importante para decir que Jesús tiene que ser Dios, es que si El no es Dios, Su muerte no habría sido suficiente para pagar la penalidad por los pecados de todo el mundo (1ª Juan 2:2). Solamente Dios pudo pagar tal penalidad infinita. Solamente Dios pudo tomar los pecados del mundo (2ª Corintios 5:21), morir, y resucitar - probando Su victoria sobre el pecado y la muerte.

CRISTO, EN LOS JUDIOS, GENTILES E IGLESIA.

Cristo en Judios, Gentiles e Iglesia.

Desde el punto de vista profético, tres son los conglomerados humanos que tienen incidencia en el propósito de Dios: los judíos, los gentiles y la iglesia de Dios (1ª Cor. 10:32).

Cuando las profecías bíblicas marcan el curso de la historia, anticipan acontecimientos referentes a alguno de estos conglomerados, o bien a dos de ellos o a los tres, pero siempre los toma en cuenta.

A cada uno Dios le ha asignado, en su esfera particular, una responsabilidad de gobierno en la tierra, para probar lo que hay en el corazón del hombre, y para ver si proceden con justicia (Deut.8:2). Al final de la historia se probará que el hombre, sea que pertenezca a uno u otro de estos grupos, ha fracasado igualmente. 

Cuando ya ha transcurrido suficiente tiempo y el fracaso de alguno de ellos se torna irreversible, Dios interviene con mano firme para detener al hombre e introducir a su amado Hijo para ponerlo en el lugar de preeminencia.
Así, el fracaso del hombre hará más patente la perfección, la idoneidad y la gloria de Jesucristo, hombre. Para que se cumpla la palabra que dice: “Porque Dios sujetó a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos.” (Romanos 11:32). Y, mayormente, para que “Cristo sea el todo en todos”. (Col.3:11).

Los judíos

La historia de los judíos se remonta al primer creyente, Abraham, pero no sólo a él, sino también a su hijo Isaac, y a su nieto Jacob. Porque dice: “En Isaac te será llamada descendencia”, y también: “A Jacob amé, y a Esaú aborrecí.” (Rom.9:7-13). Los judíos descienden específicamente de Jacob.

La historia de los judíos está llena de arrogancia y, consecuentemente, de fracasos. Cuando Dios les dio la ley por medio de Moisés, ellos dijeron: “Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho, y obedeceremos” (Éxodo 24:7), no conociendo su incapacidad para agradar a Dios.
Tras mil quinientos años de historia, desde el Sinaí hasta el cautiverio babilónico, ellos fallaron hasta el grado de cansar a Dios, quien los arrojó de la tierra que les había dado. 

Después de setenta años de cautiverio, recibieron una nueva oportunidad con la orden de Ciro de restaurar el templo; y lo levantan, añadiendo las mismas promesas que antes (Nehemías 10:29). Pero, al poco tiempo, el libro de Malaquías nos muestra un nuevo revés.

La historia de fracasos de los judíos culmina en el peor pecado, en la más obcecada porfía y la más crasa ceguera, al no reconocer al Mesías anunciado profusamente en toda la Toráh. Ellos le llevaron a la muerte, echando sobre sí y sobre sus hijos voluntariamente esa sangre inocente.

¿Puede haber alguna gloria en los judíos? No, ninguna. Todo lo que ellos fueron (un pueblo escogido) y lo que llegarán a ser (co-reinantes con Cristo) será por pura gracia.

Llegará el día en que habrá gran llanto en Jerusalén. Los judíos lamentarán su fracaso en reconocer al Mesías, y el dolor que infligieron a Dios matando a su propio Hermano más excelente. Llegará el día en que, lo mismo que sucedió a José con sus hermanos, los judíos le pedirán perdón con lágrimas y le reconocerán en su exaltación en el monte santo.

Sólo la intervención de Dios detendrá la locura de este pueblo y abrirá sus ojos para que vean a su Escogido, en quien se agrada su alma. Será un día de reencuentro de Israel con su Mesías rechazado.

Los gentiles

Desde Nabucodonosor hasta el Anticristo (que se manifestará en breve), Dios ha entregado el gobierno del mundo a los gentiles. Diversos reinos y gobiernos se han sucedido. Todos ellos están representados en la gran imagen del sueño de Nabuco-donosor, y en las cuatro bestias que vio en su sueño el profeta Daniel (Daniel 2 y 7, respectivamente). Uno poderoso, otro voraz, otro veloz y sanguinario, y el último “espantoso y terrible”, una superación de todos los anteriores. ¿Qué los caracteriza a todos? Su violencia, su ferocidad y su arrogancia.
Todos los grandes imperios han ejercido la violencia. Todos han derivado en una degeneración de la justicia y de la moral. Todos han terminado en la degeneración y el descrédito.

El mundo actual ya desborda de inmoralidad y soberbia. Pero la peor muestra de esto aun la veremos en el futuro próximo. Porque, a los males ya existentes, se sumará aún una mayor maldad, una más osada inmoralidad, y una infernal tendencia al ocultismo, la brujería y el satanismo. 

El imperio romano revivido traerá consigo al postrer gran gentil que reinará sobre la tierra: el Anticristo. Su maldad superará con creces todo lo visto hasta ahora en el mundo. También su fin será tanto o más catastrófico que el de los poderes anteriores. El mismo Señor Jesucristo vendrá y lo destruirá con “el espíritu de su boca” y “el resplandor de su venida” (2ª Tes.2:8).

El Señor Jesucristo intervendrá en el momento supremo, cuando ya el hombre gentil haya mostrado toda su incapacidad para gobernar con justicia el mundo. Será aquella piedra cortada “no con mano” que vio Daniel, la cual hiere a la imagen en sus pies y los desmenuza (Daniel 2:34). Entonces esa piedra se hará un “gran monte” que llenará toda la tierra. 

Ese monte será el reino de justicia del Señor Jesucristo sobre toda la tierra. Para que Cristo sea el todo en todos.


La iglesia

La iglesia es el punto en que se reúnen judíos y gentiles, luego de haber sido salvados por el Señor Jesucristo. La iglesia es el único ambiente donde ellos dejan sus ancestrales diferencias y vienen a ser uno. Ambos conglomerados humanos mueren en la cruz de Cristo, y de ella surge un solo y nuevo hombre (Efesios 2:15).
A la iglesia le fue dado un privilegio que no gozaron ni judíos ni gentiles. La iglesia ha recibido la misma vida de Dios por medio del Espíritu Santo. ¿Habría de ser capaz este hombre corporativo, premunido de tan grande recurso – habría de ser capaz de agradar a Dios, y de lograr lo que los judíos y gentiles no lograron?
La iglesia experimentó su época de oro en el primer siglo, mientras vivieron los primeros apóstoles. Sin embargo, a fines del ministerio de Pablo y durante el de Juan, la iglesia ya había perdido gran parte de su gloria primera.
Desde el siglo II comienza el franco deterioro. Y éste llega a tal extremo, que en los testimonios históricos de la época aparece una iglesia muy diferente a la del Nuevo Testamento. 

En los siglos siguientes el descenso continúa. Con la “conversión” de Constantino y con la sujeción de la iglesia universal a un solo centro en Roma se fija la deformidad, y se le da un respaldo político. Entonces, el auténtico testimonio de Cristo se vio confinado a pequeños grupos disidentes, muchos de ellos perseguidos por “la iglesia oficial”.

Con la Reforma del siglo XVI y el quiebre de la “única iglesia”, comienza la recuperación del testimonio visible, el cual se extendió por todo el mundo y alcanzó su culminación a fines del siglo XIX, con los grandes movimientos misioneros y los grandes evangelistas.

Sin embargo, el panorama hoy, a comienzos del siglo XXI, no es muy halagüeño. Pese al aumento del conocimiento y de la “experiencia histórica”, la iglesia visible no se parece mucho a la del siglo I. La iglesia, en general, ha perdido el testimonio de los primeros apóstoles, y, como muchos lo han reconocido, se ha secularizado hasta extremos alarmantes.

¿Cómo puede llegar a ser Cristo “el todo” en esta iglesia secularizada? Evidentemente no podrá serlo. El testimonio de Cristo deberá ser recuperado y sostenido, lo mismo que en la oscura Edad Media, al margen de la iglesia oficial, por diversas expresiones de renovación y restauración de la Iglesia.

La iglesia ha fallado en su testimonio. Sólo un pequeño remanente será tomado por el Señor en el arrebatamiento. El resto deberá pasar por los duros días de prueba del Anticristo. 
Así que, la iglesia visible, lo mismo que los judíos y los gentiles, ha fracasado.

Todo lo que Dios ha puesto en las manos del hombre, se ha marchitado. Las riquezas de Dios se han cubierto de musgo en poder del hombre caído, impotente y apóstata.

Sólo la intervención de Cristo, “como un ladrón en la noche” pondrá a salvo a los que le esperan (1ª Tesalonicenses 5:1-6). Los que queden serán esquilmados por el inicuo.


Cristo, el todo en todos

Pero, aunque los judíos, los gentiles y la iglesia han fracasado, igualmente Cristo llegará a ser “el todo en todos”. En sus respectivos tiempos, unos y otros serán relevados por Dios para que su Hijo tenga en todo la preeminencia.

Entre tanto, Cristo está siendo honrado por aquellos que le aman, porque para ellos “Cristo es el todo”. Aunque la iglesia visible ha fracasado en darle a Cristo la preeminencia, aquellos que conforman el remanente fiel no han fracasado, porque se apoyan en Dios, y porque el Espíritu Santo ha encontrado eco en sus corazones cuando da testimonio del Señor Jesucristo.

Toda vez que el Espíritu de verdad hace algo para exaltar a Cristo, ellos se inclinan y dan paso libre al Espíritu para que eso sea posible.

Aunque alrededor haya una marea adversa, los que aman al Señor Jesús con amor inalterable, dicen: “¡Jesús es el Señor!”, y “¡Jesús es el todo en todo!”

domingo, 2 de marzo de 2014

FALTA LA CRUZ DEL EVANGELIO

Evangelio Para Los Cristianos


Verdadera espiritualidad

El poder transformador del Evangelio

En el prefacio de su libro “La Verdadera Espiritualidad”,del escritor cristiano Francis Schaeffer, se refirió a un problema que lo condujo a un punto de gran crisis espiritual en su vida,  lo llamó “problemas de realidad” (1971). Después de estar en el ministerio del evangelio por muchos años, él mencionó que ese problema le había llegado en dos partes.

Primero, observó que entre muchos de aquellos que habían peleado duro para sostener la teología en su generación, había gran cantidad de doctrina correcta, pero muy poco de verdadera realidad espiritual.

Segundo, al intentar tomar una mirada interna a su propio corazón, tuvo que admitir que aunque él tenía todas las doctrinas y actividades ministeriales funcionando bien, sin embargo, parecía estar experimentando poco o nada de transformación espiritual. Schaeffer se dio cuenta de que la verdadera espiritualidad no sólo es un asunto de la mente y la voluntad, también es un asunto del corazón.

Esa es una historia común y penosa. La pasión del corazón que una vez tuvimos por Dios se ha enfriado de alguna manera. Aunque guardemos verdades aprendidas y practiquemos disciplinas espirituales, percibimos que algo anda mal, pero no estamos seguros de qué es. Si estamos dispuestos a dar un vistazo interno y honesto, muchos de nosotros tendremos que admitir que hay muy poco de verdadera espiritualidad.

Lo horrible es que podemos tener mucho de buena teología e incluso “éxito ministerial” sobresaliente, pero aún así tener poca verdadera espiritualidad. Hay ciertas señales de advertencias a las que siempre debemos poner atención, cosas tales como una vida pobre de oración, luchas internas frecuentes, menosprecio por otros, ser frecuentemente críticos con otras personas y sus ministerios, repetidos ataques de auto compasión, así como ansiedad y falta de gozo tanto en tu vida como en el trabajo (Keller 1999: 58).

El problema es que tú puedes tener estos tipos de lucha interna y aún así tener un ministerio externo exitoso. Si este es el caso,  debes saber que probablemente estés condenado a una vida superficial y a un colapso final. El impacto a largo plazo en tu vida y ministerio por Cristo y su reino no están duda. Cuando el apóstol Pablo enfrentó estos tipos de problemas en sus días, se atrevió a plantear la pregunta: “¿Dónde, pues, está esa satisfacción que experimentabais…?” Gálatas: 4: 15.

Estoy preocupado de que hemos bajado nuestro nivel bíblico de transformación y lo hemos aceptado como un nivel promedio de experiencia y cambio que Dios nunca intentó que nosotros aceptáramos. ¿Cuál es el remedio para la dureza y frialdad de nuestros corazones? ¿Cómo vamos a responder ante la carencia de auténtico gozo y poder en nuestras vidas?

TRES REMEDIOS FALSOS

Antes de que miremos en la Palabra de Dios para ver qué hacer, seamos primeramente claros respecto a lo que no debemos hacer. Quiero animarte a que estés en guardia en contra de tres remedios falsos.

  • Intelectualismo.

El intelectualismo reduce al cristianismo a un juego de creencias doctrinales que tú simplemente necesitas afirmar con tu mente. El enfoque del intelectualismo está en la mente, no en el corazón. Tal persona cree que la transformación es buena, pero que es opcional. Su respuesta a la carencia de transformación espiritual en la vida de un cristiano es frecuentemente justificada, diciendo: “No te preocupes por eso”. Su credo es: “Libre de la ley, oh bendita condición. Puedo pecar como me plazca, y aún así obtener redención”. Lo único que es realmente importante para el intelectualismo, es lo que tú crees.

En el trabajo de Jonathan Edwards, “Religious Affections” (Afectos Religiosos), nos presenta una perspectiva radicalmente diferente. “Para Edwards, el meollo del asunto es siempre un asunto del corazón” (Childers 1995: 7). Edwards tuvo mucha carga por sus contemporáneos cuyas mentes estaban llenas de creencias teológicas correctas pero que sólo tenían una mera forma externa de devoción, una que tenía muy poco poder transformador. Él escribe: “Aquel que tiene conocimiento de doctrinas y especulación únicamente, sin afecto, nunca está comprometido con los negocios de la religión” (1984, 1:238).

Edwards enseña que la verdadera espiritualidad siempre es poderosa, y su poder primero se revela a un corazón transformado. Cuando describe la diferencia entre un cristianismo de la mente y uno del corazón, él describe: “Hay una diferencia  entre tener una opinión de que Dios es Santo y lleno de Gracia, a tener un sentido del amor y belleza de la santidad y su gracia… así como hay una diferencia entre tener un juicio racional de que la miel es dulce y tener un sentido de su dulzura” (1984: II: 14). Establece el punto de que hay una gran diferencia entre simplemente conocer que el Señor es bueno y en obedecer los mandamiento de Dios en la Biblia” para probar y ver que el Señor es bueno” (1984, II: 14).

J. I. Packer habla a nuestra generación de este asunto, cuando escribe en su clásico comentario, ‘Hacia El Conocimiento de Dios’:  “Un poco de conocimiento personal de Dios vale mucho más que un gran conocimiento intelectual acerca de Él”.

  • Pasividad.

Un segundo remedio falso que debemos evitar es lo que llamaremos pasividad o emocionalismo. El enfoque excesivo del pasivismo está en las emociones. El pasivo cree que no puede hacer ninguna contribución real para su transformación espiritual excepto que dejar el control de su vida a Dios. La forma en que el pasivo cree que debe tratar con su corazón no cambiado es simplemente “dejar ir y dejar a Dios ser Dios”.
El pasivo enseña que el secreto cristiano para una vida feliz es “dejar a Jesús vivir su vida a través de ti”, o tener una experiencia espiritual que de alguna manera te catapulte a un plano más alto y más profundo de madurez espiritual. Este entendimiento de la vida cristiana puede fácilmente conducirte a gastar el resto de tu vida entera persiguiendo una esperanza falsa, o una experiencia tras otra en búsqueda de “algo más” para hacer tu fe más plena. El resultado casi siempre es un emocionalismo profundamente anclado.

La Biblia enseña que Dios nos ha hecho a su imagen con “una trinidad de facultades” (John Owen 1976, VI: 213, 216, 254, VII: 397) que incluye la mente, la voluntad y el corazón o las emociones, éstas juegan un papel muy importante en el corazón humano. En la Biblia presenta al corazón como centro de nuestra mente, de nuestra voluntad y de nuestras emociones. Sin embargo, el corazón humano está retratado en las Escrituras como la misma cosa que las emociones.

La palabra que Edwards utiliza para lo que llamamos emociones es de hecho “instintos animales” (1984, I: 2456-261). Mientras que nosotros debemos aprender a afirmar la legitimidad de las emociones en nuestra adoración y en nuestro andar con el Señor, también debemos ser cautelosos de evitar el error del pasivo, dejando que nuestras emociones tengan una influencia desordenada en nuestro andar con Dios.

  • Moralismo.

El tercero y probablemente más peligroso remedio falso que debemos rechazar es el moralismo. El moralista no enfoca su atención en la mente o en las emociones, sino en la voluntad. La frase moralista es: “Inténtalo con más ganas”, simplemente esfuérzate más para pasar más tiempo en la lectura de la Biblia, meditando y orando. Esfuérzate más para no enojarte o preocuparte, para no codiciar. Simplemente esfuérzate más para ser un mejor testigo, una mejor esposa o un mejor padre.

El problema con este enfoque es que el creyente puede escuchar solamente pláticas alentadoras desde el púlpito sobre tratar más duro antes de que se encuentre él mismo cayendo  tanto en una negación o desesperación, o lo que es peor, en la adopción de planes y programas evangélicos de autoayuda por los cuales él piensa que realmente él mismo va a cambiar, si tan sólo se mantiene intentándolo más duro.

Para el apóstol Pablo, el error del moralismo no es un asunto pequeño. Pablo vio tal posición como un ataque directo a la naturaleza misma del evangelio. Lo que falta en el mensaje del moralista, así como en el mensaje del pasivo y del nominalista es la cruz del poder transformador del evangelio.


  • FUENTE: Steven L. Childers

Hno. Carlos Silva